Antonio
Machado
Poeta y prosista español, perteneciente al movimiento
literario conocido como 'generación del 98'. Probablemente sea
el poeta de su época que más se lee todavía.
BIOGRAFÍA
(1875-1939) Poeta español, nació en Sevilla y murió en
Collioure (Francia). Nació en Sevilla el 26 de julio de 1875,
proveniente de una familia liberal. Su padre era juez, un
hombre muy culto, doctorado en Filosofía y Letras y reputado
folklorista que investigó los cantes del pueblo andaluz.
Estudió en Madrid en la Institución Libre de Enseñanza, en
cuyo ambiente laico se formaría su talante liberal y su ancho
humanismo.
Apenas le quedan recuerdos de la infancia al Machado adulto, y
escasos son los que conserva de Sevilla. Parece que su
infancia le resultó monótona, ajena al valor del tiempo, a la
angustia del tiempo, que después pretendió recobrar. Quizá no
lo busca, pero el niño sevillano tropieza con un vacío que le
enseña a meditar y a reflexionar, forjando ese típico carácter
tan suyo, propenso a la observación meticulosa, pero también
al distanciamiento:
Pasan las horas de
hastío
por la estancia familiar,
el amplio cuarto sombrío
donde yo empecé a soñar.
Machado también recuerda su adolescencia como una madurez
prematura, solitaria, un tiempo ido que no puede recobrar. Lo
expresará en Galerías:
Bajo ese almendro florido,
todo cargado de flor,
-recordé-, yo he maldecido
mi juventud sin amor.
Hoy, en mitad de la vida,
me he parado a meditar...
¿Juventud nunca vivida,
quién te volviera a soñar?
Por eso, cuando en plena guerra se dirige en un mitin a las
Juventudes Socialistas Unificadas, les ofrece un único consejo:
que vivan como jóvenes, que es una etapa de la vida
irrepetible, irrecuperable. No cabe duda que estaba pensando
en su propia experiencia personal de juventud frustrada.
A los ocho años, publicó en esta ciudad, sus primeros escritos
en prosa, sus poemas, no se darían a conocer a la sociedad
hasta 8 años más tarde. Cuando tenía 18 años, en 1893, muere
de su padre, el hombre que volviera de Cuba a enterrarse en su
Sevilla adoptiva, donde publicó su obra El folklore
andaluz.
Machado inició sus trabajos literarios en La Caricatura,
utilizando varios seudónimos para firmarlos: Gabellera y
Tablante de Ricamonte. Comprende la necesidad de romper su
incomunicación infantil y recuperar el tiempo perdido. En el
ansia por devorar tiempo, más que ser devorado por él,
experimenta la necesidad de viajar, empaparse de paisajes,
conocer gentes, buscar relaciones humanas que posibiliten el
siempre ejercicio difícil de la comunicación. Por eso, en
1989, con 24 años, marcha a París, donde se mueve en los
círculos habituales de pintores, poetas, revolucionarios,
soñadores y bohemios enfrascados en las tertulias de los
cafés. Pero Machado es más hombre de escuchar que de exponer,
de pensamiento que de acción. Trabaja, junto con su hermano
Manuel, como traductor en la casa Garnier; perfecciona el
francés y anota impresiones, que más tarde recordará. El
affaire Dreyfuss está en su apogeo y el simbolismo también; en
pintura el expresionismo. La gran figura literaria, el gran
consagrado, era Anatole France. En la capital francesa,
Machado conoce a Oscar Wilde y a Jean Morèas.
No dura mucho esta primera estancia del poeta en París, apenas
cinco meses. En octubre regresa a Madrid. No se sabe cuánto
tiempo lleva ya componiendo poemas. Los primeros de los que
tenemos constancia de su publicación aparecieron en la revista
Electra en 1901. Se ha graduado de bachiller en el Instituto
Cardenal Cisneros, y de regreso a Madrid, trabaja
temporalmente como actor de teatro en la compañía
Guerrero-Mendoza. Continúa su colaboración en la revista
Electra, comienza también a escribir en Helios, Alma
Española, Blanco y Negro, Renacimiento Latino, La República de
las Letras, Renacimiento. Por esas mismas fechas conoció
a Unamuno, Valle-Inclán, Juan Ramón Jiménez y otros destacados
escritores de la época con los que mantuvo una estrecha
amistad.
En 1902 Machado marcha nuevamente a
París y, trabajando en el Consulado de Guatemala, conoce a
Rubén Darío, del que será gran amigo durante toda su vida. Al
año siguiente, con veintiocho años de edad, va a publicar su
primer libro de poemas, Soledades. Se trata, pues, de versos
intimistas en los que sobresale la melancolía y la nostalgia
por el pasado, por la infancia perdida. El tiempo desempeña,
por tanto, un papel fundamental a través de claves llenas de
sugerencias. Una de ellas es la tarde y sus varios
equivalentes (crepúsculo, otoño) que transmiten esa sensación
permanente de tristeza y decadencia.
En
1907 va a Soria para impartir clases de francés y será en esta
ciudad donde conocerá a Leonor Izquierdo, con quien contraerá
matrimonio en 1909. La muerte de su esposa, ocurrida en 1912 a
muy temprana edad, llenaría al poeta de melancolía y motivaría
versos de dolorido acento. Ese mismo año pasó al Instituto de
La Baeza y, sucesivamente, a los de Segovia (1919) y al
Calderón de Madrid (1931). En 1927 había sido elegido miembro
de la Academia Española y en 1936, al producirse el estallido
de la Guerra Civil, se adhirió con entusiasmo al bando
republicano. Cuando se trasladó a Valencia colaboró de forma
asidua en la revista Hora de España, entonces tribuna del
pensamiento democrático.
En 1939, con la derrota del ejército republicano, sale Machado
de España rumbo a Francia como él había dicho en uno de sus
versos: "ligero de equipaje, casi desnudo, como los hijos de
la mar". Estuvo primero en un campo de refugiados españoles,
hasta que la mediación de un grupo de intelectuales franceses
(Cassou, Aragon, Malraux, Mauriac) hizo que el gobierno
francés le trasladara a un hotelito de Collioure, donde se
produciría poco después la muerte de la madre del poeta y la
de él mismo con tres días de intervalo.
OBRA
Para considerar su obra
en conjunto, conviene seguir la evolución de sus tres
principales etapas, que en su sucesión expresan una
excepcional aventura de reflexión en busca del sentido vital,
no menos hermosa y fecunda por haber fracasado.
Ante todo, el libro Soledades, galerías y otros poemas,
recogiendo su lírica entre 1899 y 1907, presenta una poesía
todavía de signo romántico, subjetivista, explorando el fondo
del alma del poeta en busca de su acento más sincero, aunque
ya con sentido de la imposibilidad de tal empresa. En rigor,
tal pretensión de autenticidad a ultranza acabaría con la
posibilidad de hacer versos: Antonio Machado, sin embargo,
puede hacerlos gracias a que utiliza formas populares de su
tierra sevillana que nombran, respectivamente, la situación
anímica del poeta y uno de sus grandes símbolos, las
"galerías", los corredores internos de su espíritu y de sus
sueños. Además, el poeta, para evitar el monólogo, establece
diálogos con sus propios símbolos -la fuente, la primavera, la
noche, etc.-, hasta llegar siempre al fondo de su búsqueda: el
alma se escapa ante sí misma, no sólo porque se la lleva la
corriente del tiempo, desgranada en días de ayer, sino también
porque el fondo último del Yo resulta inaprensible y se
esquiva y se enajena cuando lo quiere captar la conciencia.
Así lo expresa una de las poesías claves del libro: aquella en
que el poeta pregunta a la Noche dónde está "su secreto", la
raíz desde donde sus lágrimas pueden ser de veras suyas. Pero
la Noche responde al poeta que ella tampoco lo sabe: al
asomarse al fondo del alma del poeta, le ha hallado siempre
"vagando en un borroso laberinto de espejos".
Agotado este intento, Antonio Machado desarrolla la segunda
etapa de su obra y de su experiencia espiritual en abierto
contraste con la primera. El libro Campos de Castilla
(1912) centra esta nueva actitud de entrega a la objetividad
del mundo externo, sobre todo en el gran símbolo del paisaje
de Castilla. El poeta, desengañado de la pretensión de hallar
dentro de sí mismo la verdad, se vuelve ardientemente hacia la
visión realista de las cosas, y ahora busca insertarse con la
tradición popular, no ya de la canción andaluza, sino del
viejo Romancero castellano, como modelo de creación de "poemas
de lo eterno humano". Más aún: en esto se siente Antonio
Machado precursor de una nueva época del sentir de la
humanidad, extinguido ya el presuntuoso egoísmo de la lírica
individualista del s. XIX: "Amo mucho más la edad que se
avecina y a los poetas que han de surgir cuando una tarea
común apasione las almas." Abundan en esta colección de
poesías las de tema descriptivo, de entrañable intimidad con
el paisaje castellano y, en ocasiones, con profunda
preocupación por los problemas nacionales e históricos: la
culminación de la tendencia que anima este libro, aunque no de
su logro en la calidad, la tenemos en el largo romance La
tierra de Alvargonzález, donde el poeta toma la crónica de un
crimen pueblerino convirtiéndolo en leyenda lírica y en visión
emocionada de los campos de Castilla. Pero también se quiebra
la esperanza del poeta, en esta etapa, de salir de su
subjetivismo y, tomando contacto con las cosas y las gentes,
quedar incluso abierto al Dios con que soñaba y a quien
siempre iba "buscando entre la niebla". En coincidencia
significativa, que rebasa la ocasión anecdótica, la muerte
rompe entonces su matrimonio, que era la encarnación viva de
su mejor esperanza humana. Castilla había sido también para él
el hallazgo del amor; el profesor de francés del Instituto de
Soria se había casado con una muchachita, sencillamente
provinciana, que muere tres años más tarde. Y su desaparición
es el símbolo del hundimiento en la gran empresa espiritual de
Antonio Machado que, recaído en su soledad y su subjetividad,
se vuelve gradualmente un pensador tan profundo como crítico,
tan positivo y esperanzador para los demás como escéptico y
desesperanzador para sí mismo.

El libro Nuevas canciones (1917-30) forma la
transición hacia la etapa final de su obra, en parte
prolongando temas y formas de Campos de Castilla, en parte
volviendo a usar las formas del "cante hondo", pero ahora con
un sentido más teórico que lírico, a modo de sentencias de
honda filosofía, aparentemente sencillas, pero cargadas, sin
embargo, de inagotable alcance reflexivo. Comienza a
predominar en su actividad la prosa sobre el verso. Primero
son los apuntes de "arte poética" de su imaginario autor Juan
de Mairena: luego, en 1936, será todo un libro bajo el nombre
de este personaje apócrifo, seguido de unos cuantos
inolvidables ensayos -sobre Heidegger, sobre la guerra, sobre
Alemania...-. Pero ya los primeros pensamientos atribuidos a
Mairena son algo más que teorización crítica sobre la propia
poesía: Mairena, a su vez, alude a otro mítico autor, Abel
Martín, que habría escrito una importante obra filosófica,
cuyo resumen permite a Antonio Machado exponer, en forma
irónica y sin comprometerse técnicamente con la filosofía, lo
más hondo de su experiencia de pensador: el Ser, según Martín,
tiende a desdoblarse, a ir a "lo Otro" -eso es el amor, en
sentido metafísico-, pero ese "Otro" resulta en definitiva un
espejismo, un nuevo encuentro con el mismo punto de partida.
Tales ideas, que nos hacen pensar en Hegel y todo el idealismo
alemán, no llegan, sin embargo, a borrar la esperanza del
hombre en un término objetivo, auténticamente divino, al
margen y a pesar de la razón. Por eso dice: "Confiamos / en
que no será verdad / nada de lo que pensamos." La poesía es,
mientras tanto, tarea de ir dando tiempo al tiempo, de ir
inmortalizando lo vivido en su misma condición de
transitoriedad, como instante inolvidable sorprendido en su
huida. De aquí la idea maireniana de la poesía como "palabra
en el tiempo" -sobre todo, en el Romancero, en Jorge Manrique;
pero escasamente en el barroco-. Y así -volviendo sobre el
tema de la esperanza en futuras edades de sentir común entre
los hombres- la poesía sale del "rinconcito del Yo" para ser
narración, historia para todos. Es significativo, en ese
sentido, el curioso diálogo entre Mairena y el imaginario
Meneses, inventor de una "máquina de trovar", que expresa el
sentimiento común de un grupo de personas, jamás el de un
individuo, y que de ese modo irá educando a las masas en la
expresión de su propio sentir (aunque, en un momento dado, en
otro trabajo publicado más adelante, al referirse a ese arte
profetizado, para grandes masas, Antonio Machado confiesa en
un inciso: "el que esto escribe aspira a morirse antes de
verlo"). Y es significativo que en esa época final, tan escasa
en versos y tan concentrada en reflexiones escépticas, el
poeta se muestra cada vez más obsesionado con la idea de Dios
y de Cristo, saltando por encima del descreimiento de su
cerebro para abrirse a la esperanza, tal vez ya no para él,
sino para otros: "Y si el Cristo vuelve, de un modo o de otro,
¿habremos de renegar de Él sólo porque también le esperen los
sacristanes?" Ahí llega a su extremo la gran paradoja de la
vida y obra de Antonio Machado, con un conflicto entre
necesidad de fe y escepticismo intelectual, cuya profundidad
se escapa a la mirada.
POEMAS
A Don Francisco Giner de los Ríos
A la muerte de Rubén Darío
Amanecer de otoño
Anoche cuando dormía
A un olmo seco
Campos de Soria
El crimen fue en Granada
El mañana efímero
La saeta
Las moscas
Proverbios y cantares : I, XXIX, XLIV y LIII
Recuerdo infantil
Retrato
Yo voy soñando caminos
ANTOLOGÍA
Soledades
Campos de Castilla
Nuevas canciones. Cancionero apócrifo
Poesías de la guerra
ANÉCDOTAS
Su frase más conocida es:
"Caminante, no hay camino, se hace
camino al andar"
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